No habíamos intentado borrar toda su historia.
Solamente habíamos reforzado su estructura para que pudieran seguir siendo útiles.
Pensé que quizá mi vida necesitaba algo parecido.
No olvidar lo ocurrido.
Sino aprender a sostenerme de otra manera.
Con ayuda de una abogada inicié los trámites de separación y divorcio, además de la revisión de los bienes y pagos pendientes del negocio.
Rogelio continuó trabajando en la fábrica. En ocasiones enviaba documentos necesarios. Otras veces me escribía que yo había destruido la familia.
Aprendí a responder solamente lo indispensable.
Diego abrió finalmente su negocio de refacciones, con condiciones acordadas por escrito.
Un día fui a visitarlo.
—¿Quieres café, mamá? —preguntó—. ¿Sin azúcar, verdad?
Sonreí.
Ese pequeño detalle significó más que muchas promesas.
Armando Salcedo también volvió a aparecer.
Llegó al nuevo taller con un sillón antiguo de su oficina.
—¿Podría darme un presupuesto? —preguntó.
Calculé materiales, horas de trabajo y fecha






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