antes de que yo pronunciara una palabra.
—Rogelio, no voy a regresar contigo.
Su sonrisa desapareció.
—¿Cómo?
—Acepto tus disculpas. Pero necesito vivir separada y trabajar en un lugar donde nadie pueda quitarme las llaves para obligarme a obedecer.
—¡Te estoy devolviendo el taller!
—No puedes devolverme algo como si fuera un premio por portarme bien.
Se
acercó.
—Teresa, llevamos veintinueve años juntos. No puedes tirar todo por una broma.
Me temblaron los labios.
Porque sí, habíamos tenido momentos felices.
Recordaba cuando nació Diego y Rogelio pasó la noche despierto caminando con él en brazos.
Recordaba las vacaciones sencillas, las comidas familiares, los días en que me llevaba flores sin necesitar perdón.
Todo aquello había existido.
Precisamente por eso dolía tanto.
—No estoy diciendo que nuestra historia haya sido solamente mala —respondí—. Estoy diciendo que no quiero seguir viviendo así.
Rogelio golpeó suavemente la mesa con los
nudillos.
—Entonces dime






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