el domingo tenemos que desocupar este lugar.
—Aquí estaré.
—Entonces cumple tu palabra.
Dos días después, Rogelio apareció con una caja de galletas.
Tenía una expresión que conocía perfectamente.
Era la misma que ponía cuando compraba flores después de una discusión sin haber entendido por qué estábamos peleando.
—Hablé con don Efraín —anunció—. Podemos conservar el taller. Diego buscará otro local.
Lo miré sorprendida.
—¿Y él está de acuerdo?
—Se acostumbrará. Lo importante es salvar nuestro matrimonio.
Luego me enseñó una publicación.
Había reconocido que el supuesto remate había sido ofensivo y que nadie me había consultado.
Incluso había pedido disculpas.
—Gracias por escribir eso —respondí.
Rogelio sonrió, aliviado.
—¿Ves? Todo tiene solución. Esta noche paso por ti a casa de Marta. Mañana cenaremos juntos y el viernes iremos a la inauguración del teatro.
Escuché cómo organizaba mi vida otra vez.
Mis horarios.
Mi trabajo.
Mi regreso.
Todo estaba decidido






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