cuánto quieres.
Lo observé sin comprender.
—¿Qué?
—¿Cuánto dinero necesitas para dejar de castigarme?
En ese instante recordé el micrófono.
Los quinientos pesos.
El cartón con el número siete.
Ahora mi marido intentaba comprar mi regreso.
—No estoy en venta, Rogelio.
Él abrió la boca para contestar, pero Diego acababa de entrar con Marta.
—Papá, ya basta —dijo nuestro hijo.
Rogelio se volvió hacia él.
—Dile a tu madre que está destruyendo nuestra familia.
Diego respiró profundamente.
—¿Le preguntaste alguna vez qué quería ella?
—¡Les di todo!—Nos ayudaste mucho, papá. Pero eso no te da derecho a decidir por nosotros.
Mein Mann sah uns an, als wären wir Fremde.
“Perfekt. Beheben Sie es selbst.
Er schnappte sich seine Kekse und ging nach draußen.
Diesmal schlug er die Tür nicht zu.
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Ich musste es nicht.
Als er gegangen war, schloss ich mich im kleinen Lagerhaus






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