había reuniones elegantes, le entregaban un plato de plástico y le ordenaban comer en la cocina.
Le decían que los niños como ella debían ganarse el derecho a sentarse con los invitados.
Escuché aquella historia con tristeza.
Entendí de dónde había salido la frase que Patricia utilizó para humillarme.
Pero comprender su herida no justificaba que quisiera provocarle la misma herida a otra persona.
Nadie tiene derecho a convertir el dolor de su infancia en una excusa para maltratar a los demás.
Hoy vivo en un departamento pequeño y luminoso en Querétaro.
Tengo mis plantas, mis libros, mis recuerdos de Arturo y una tranquilidad que no cambiaría por ninguna mansión.
La Navidad siguiente, Diego organizó una cena familiar.
Invitó a Carmen, a las tías Lucía y Marta y a unos cuantos familiares que habían permanecido cerca de nosotros.
Cuando llegué, encontré una mesa decorada con flores blancas.
En uno de






Comments